Petróleo.
De un tiempo a esta parte me he sentido bastante sola.
No sé si tiene que ver con la cantidad presente y racional de personas que me rodean. En realidad es evidente que no tiene que ver con esa materialidad.
Ni tampoco con ellos y ellas de forma particular.
Esta es una soledad que cargo, como su portadora.
Me agujerea los tejidos. La siento parásita, parte de mi y en mi.
Revive con mi intranquilidad. Con la incapacidad de hacerme espacio en el enojo del otro. No la quiero. Y sin embargo se hace panal en mi. Me llena de sus abejas. Me zumba en el oído toda su presencia. Yo me aterro. El exceso de su ruido me irrita y no he podido evitar escucharlo. Desgraciadamente.
Intento evitar, redirigir, repensar, innovar. Pero se reviste en mis pensamientos, siempre encuentra la forma de volver.
Presa de un fatalismo atroz.
El tinte de las cosas está en tres tonos más oscuro. Un sepia horrendo me cubre.
Me percibo lejana y fría.
Perra mordaz.
En el fondo, algo en mis carnes gotea, suena y choca con la textura de mis adentros. El eco de una extrañeza conmigo misma.
El síntoma de un no reconocerse.
Estos son días mis días-petróleo.
Oscuros, de una grasa que quema.
No los entiendo.
Estoy manchada de su negrura.
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